Opinión / Roberto Hernández Montoya

Por: Roberto Hernández Montoya

A continuación… fábula de loro con cochino.

Éranse una vez un pacífico cochino y un loro protervo que vivían en quinto patio. Apenas gritaban:

—¡La comía pal cochinooo!

El perico malandrín pregonaba:

—¡Ya comióóó!

Y, claro, nadie echaba su ración al chancho, que no se defendía porque era mudo, como pasa hasta a los mejores porcinos. La cotorra se divertía con aquella sádica jugarreta. El gorrino se demacraba dramáticamente. Una noche el pajarraco resbaló de su estaca y héteme aquí que cayó… ¡adivinaste! en el chiquero. El puerco se abalanzó sobre el psitaciforme avechucho.

El plumífero corría y saltaba regando plumas por el patio gritando erizado, a todo lo que le daba la laringe aviar:

—¡La comía pal cochinooo! ¡La comía pal cochinooo! ¡La comía pal cochinooo!

Nadie me ha sabido dar razón del final de esta épica porcinopsitacomaquia, si el marrano en cuestión logró margullirse al deslenguado o si nutrieron al verraco a tiempo o si el emplumado en su desesperación levantó vuelo. Misterios de la ciencia, diría uno que yo sé …y tú también.

La fábula tiene moraleja: No esperes hasta tarde para atender asuntos vitales. O el refrán aquel de no acordarse de Santa Bárbara solo cuando truena.

Hay gente así, pues esta incuria canallesca no acaece solo en los corrales. Por ejemplo, se me ocurre un sucedido reciente, al azar:

Las autoridades de Cúcuta exclamaban como el loro ¡ya comióóó de Venezuelaaa! cada vez que alguien increpaba ¡la comía pa Cúcutaaa! Cuando el gobierno venezolano soberanamente cerró la frontera, el Alcalde paraco de esa augusta ciudad bramó: ¡La comía pa Cúcutaaa! Y el gobierno de Bogotá supo de la existencia de Cúcuta. Ese Alcaide, como otras autoridades colombianas, ha vociferado desatinos, como la pulida cancillera Holguín y el excelentísimo señor Embajador colombiano ante la Organización de Estados Americanos, o sea, el Ministerio de Colonias Yanqui, según Raúl Roa.

Ahora empuñan su atávica soberbia oligárquica, que ha llevado a ese magnífico país a mil tragedias, pues esa gótica casta siempre fue radicalmente inepta para negociar. Asesina a Gaitán, extermina la Unión Patriótica y un abominable etcétera. No enfrentamos a Colombia sino a lo peor de Colombia, que ya gritará: ¡La comía pal cochinooo!

 

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